nada

El olor de mi abuela

Feb 7, 2026

Mi abuela está muriendo, un poco como todos y un poco a su manera. A finales de diciembre se rompió la cadera y comenzó su última recuperación. Yo permanezco en su casa tanto tiempo como sea posible. No es que  puntualmente tema perderla, reconozco el valor de la muerte y en cambio ansío que su sufrimiento y conciencia se desvanezcan por fin en el vacío absoluto. Sí temo, en cambio, su permanencia obligada en un mundo que la dejó atrás, que ella desprecia y del que ya no quiere saber nada, con personas y situaciones que no entiende y nunca más entenderá. Ahora mismo flota en su propio bote arrastrada por los vivos con una cuerda cada vez más larga y tensa, más delgada, más débil, más tonta. la asimos con las uñas y la necedad del miedo a la culpa con los ojos vendados y las fosas taponadas por sendos corchos. La arrastramos tirando más cuerda al agua y más desesperados porque cada vez está más lejos.

La casa de mis abuelos estuvo en Tlalpan, a la orilla de la ciudad. Siempre emanó un olor particular que soy incapaz de describir, como se es incapaz de describir los colores en su naturaleza primigenia. No puedo plasmar aquí qué parecía pues no me provoca similitud alguna; no es a comida (la casa de mi otra abuela en Durango sí, olía a frijoles y chiles sudados sin importar día, emergencia o impronta), no es perfume, no es gasolina. Un esfuerzo consciente me lleva a apostar por el cruce perfecto de sudor fresco, madera hinchada, caño y flores secas. 

Recuerdo el olor desde niño; al ser su primogénito nietil, mi abuela volcose toda ella a mis cuidados desde su forma particular de estar el mundo. Severa como normalista y maestra de primaria toda su vida, repasó conmigo el temario entero de restricciones y castigos, aunque no sin la ternura que los nietos despiertan indudablemente sobre los abuelos. Por petición de mi madre, después del kinder me recogía y llevaba a su casa. En su cocina mi abuela me servía un hígado de pollo hervido, humeante, y una taza de nescafé con leche. los platos, la comida, olían a eso. Frente a mí, mi abuelo (un remanso de ternura y risas comparado con la severidad de su esposa) leía el periódico. Por la tarde mi abuela me daba clases sentados en el escritorio de mi abuelo. Yo era un niño sordo pero nadie lo sabía aún y ella se frustraba por mis problemas de dicción, de coordinación, por mi zurdera falsa y mi pésima grafía. La casa, mi abuela, mi abuelo, olían a eso; los baños olían a eso, las sábanas olían a eso, la cocina y la mecedora frente a la televisión olían a eso. Los lápices de la escuela y mis cuadernos olían a eso por la noche, cuando mi madre pasaba por mí para llevarme a dormir a mi propio hogar. 

Crecí un poco. Dejé de ir yo tanto a su casa, pero ella comenzó a ir a la mía a comer dos veces por semana y luego servir de chofer para las actividades extracurriculares del niño. La severidad de  mi abuela se mantuvo, pero en su Cavalier gris rata (que olía a eso) discutimos de sus miedos y de los míos y nos convertimos en grandes amigos. Mi abuelo murió pronto y quedó ella oliendo a su olor, sola, en su casa lejana. Deprimida, accedió a mudarse mucho más cerca de sus hijos y con ella llevó ese olor, que inundó el nuevo departamento; por eso sé que la fragancia emana no solo de su cuerpo, sino también de los muebles de madera y los cajones oscuros y roñosos. 

Tras dos décadas y media en el nuevo hogar, llegó al final de la tercera edad. poco después de sus 80 se rompió la cadera por primera vez y desde entonces duermo con ella una vez a la semana. Luego colapsó una vértebra. Luego vino el accidente cerebrovascular. Ahora la segunda fractura de cadera. Cada vez pasé más tiempo en su casa para devolver el cuidado y las tardes que ella volcó sobre mí durante mi incapacidad infantil; mi mejor amiga no merece menos. Ella está menos aquí, se vuelve menos ella, pero huele a lo mismo que siempre olió. Los días que estoy en su hogar mi ropa se impregna de ese aroma. A veces me parece penetrante y me desnudo en cuanto puedo para tirarla en la lavadora. A veces me acompaña amable un tiempo en mis sudaderas antes de decidir cambiarlas.

Mi abuela morirá muy pronto y llevo semanas preguntándome qué pasará con ese olor, ahora que no tendrá ya exponentes vivos. ¿Dependerá totalmente de los muebles? ¿Nos queremos deshacer de él o no nos importa? ¿Soy yo el único que lo percibo?

De querer deshacernos de él, podríamos sacar todos los muebles y textiles, quemarlos lejos del departamento para que se desvanezcan igual que su dueña. También deberíamos abrir de par en par las puertas y ventanas y mantenerlas así durante algunos meses para permitir que entraran otros olores y colonizaran el lugar. Quizá habríamos de quitar la duela y poner un nuevo piso para despojar de cualquier materia orgánica a las colonias de levadura que hoy desgajan de su piel.

¿Qué pasa si no hacemos nada para quitar el olor? ¿permanecerá allí? El departamento será heredado por mi madre. ¿Traerá un nuevo aroma o se fundirá en el viejo? Quizá cuando mi madre muera, olerá a lo mismo a lo que olió su madre al morir. Mi abuelo se fue, mi abuela se fue, mi madre se irá, pero su esencia familiar permanecerá en el aroma del departamento, de la madera, de las flores secas que llevan décadas en ese florero viejo. ¿y yo? No tengo hermanos, ese lugar será mío. Probablemente me mudaré allí. ¿el olor permanecerá entonces? ¿moriré oliendo a mi abuela?  

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