Hablar del clima es la salida insustancial a una conversación que no queremos tener pero resulta ineludible. Sabemos que el lenguaje da para muchísimo más, y sin embargo decidimos activamente no entrar en derroteros sentimentales ni en nada que pudiera comprometernos como interlocutores. El pariente incómodo, el conocido de la escuela con quien cruzamos miradas en un café veinte años después, la compañera de trabajo con quien no tenemos la mínima esperanza de compartir nada nunca. Hablamos del clima para evidenciar el vacío, para hacer el silencio incluso más silencioso de lo que sería sin decir nada.
Pensaba en esto el viernes que caminé un rato junto a dos señoras que charlaban del clima con desánimo e incomodidad; “Ya entraron los calores, como cada año”. Anoté para mí que charlar del clima es charlar de lo mismo que charlamos el año pasado y hace diez y hace quince, que es idéntica conversación aquella que escuchamos a los mayores cuando aprendimos a hablar; que es la charla que hace mil y cinco mil años tuvieron en cualquier lugar dos personas preocupadas por cualquier cosecha. El calor, el frío, la lluvía, la nieve, el vendabal, la niebla; muy probablemente lo primero que alguna vez se nombró.
No soy historiador ni lingüista y lo lamento, pues gustaría de entender a profundidad sobre lo que escribo. Alcanzo a dilucidar que el lenguaje no surge con la agricultura, sino que es inherente a los animales prosociales. A veces fonético, otras motriz, en la entomología también químico-olfativo. ¿Cuántos de estos lenguajes tienen conceptos para los fenómenos naturales incompresibles pero ineludibles que afectan la existencia misma de la comunidad y que para resistirlos se hizo necesario acomunarse? ¿No es hablar del clima la razón primigenia del habla?
Estamos al pie de las montañas y la cámara se centra en un grupo de personas. Las cubren pieles, portan bolsas con huesos y ramas. Cargan a sus crías sobre el lomo. Deben caminar al sur para escapar de los hielos; alguien señala la ruta a los otros entre ruidos cargados de emocionalidad. No sabe muy bien cómo sabe que deben ir para allá y no tiene aún las palabras para preguntárselo. Sabe que, si camina con el amanecer del lado de la mano con la que talla la piedra, eventualmente el frío quedará a sus espaldas. Reconoce esos conceptos: el frío que hace temblar, que incomoda, que se mete por la boca y nariz, que mata a los animales y congela los arbustos donde crecen las frutas que comen. Reconoce su opuesto en el calor. Reconoce también la lluvia que viene después de que el sol desaparece y la luz se vuelve mortecina. Reconoce entonces que el sol es agradable hasta que ya no y que el agua se bebe para curar la sed, pero que si impregna la ropa y el cabello, llama al frío. Es probable que en el grupo todos lo sepan. Él comunica que hacia allá, con la mano hábil del lado del amanecer, hay menos frío, que hacia allá van los animales y florecen más arbustos. Habla del clima sin palabras ni lengua común. Los otros entienden y a lo largo de la ruta platican (¿platican?) del clima para decidir que tan al sur llegarán. Así es siempre y cada cierto tiempo, cuando las estrellas vuelven a alinearse con el sol, tocará reandar el camino en sentido contrario, ahora con la mano hábil hacia el atardecer. Sin palabras hablarán de la lluvia y la tierra que dejan atrás, de los brotes que rompen el suelo, del sol que quema la cara una vez más. Esa charla no es insustancial; es la sustancia absoluta de su lenguaje.
Algunos milenios después, los hijos de los nietos de los bisnietos de los tataranietos de sus trastataranietos discutirán sobre la crecida del río, dirán que este año las plantas están menos verdes, a este ritmo los jardines del pueblo morirán. El clima tendrá razones y nombres de dioses, pero hablarán del clima. Organizarán entonces ritos y pronunciarán conjuros mágicos para que llueva, pero hablar de magia será hablar del clima. Ya sabrán por qué no hay nubes y, por erradas que sean las explicaciones, serán correctas las razones primigenias que les llevan a temer la sequía.
A su vez nosotros, hijos de los nietos de los bisnietos de los tataranietos de los trastataranietos de los retrastaranietos de sus choznos, hablaremos del clima cuando no queramos hablar con alguien de nada más. Hablaremos de la lluvia y el sol cuando tengamos miedo de equivocarnos en una cita, cuando no sepamos qué decir, cuando no podamos pensar. Hablaremos del clima desconectados de la tierra pero hablaremos del clima, sin entender que en realidad hablamos aquello que nos hizo hablar. Entonces hablemos muchísimo con quien sea con sinceridad y entusiasmo, No temamos hablar por hablar, hablemos con queridos y desconocidos aun sin tener nada qué decir. Hablemos del clima a sabiendas de que no existe charla más cercana, sincera y basal que “ya entraron los calores, como cada año, ¿no?”.



